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zarraclaca On Tuesday, September 13, 2005


SENDERISMO: Ruta de Montemolin

“Sobre el olivar, se vio la lechuza volar y volar”. Los olivos del cerro de la Atalaya parece que lleven toda la eternidad oteando en las llanuras del suroeste, las ducales riberas del Corbones. En esta zona, por diversos factores se implantó masivamente por vez primera el cultivo de olivar en el siglo XIX.
Montemolín y Vico no han dado aún su fruto de ruinas milenarias, ni el tiempo ha podido acabar con las pequeñas perlas verdes de Jarda, ni la sombra del olivo ha dejado de recorrer las campiñas desde que los fenicios lo trajeron quizá de Creta o de Grecia.
Ojuelos, Vico, La Coronela, La Cobatilla, Gamarra, miles de metros cuadrados de esta zona pasaron de las manos ducales a las de burgueses, en justo día de 1882 en que el féretro de un arruinado duque dió con sus huesos en la estación de tren de Osuna.
Entonces llegó a los campos la economía de mercado y además vino la desamortización a dinamizar el mercado agrícola. “Olivar, por cien caminos, tus olivitas irán caminando a cien molinos”. Y entonces llegó el ferrocarril y con él la expansión del cultivo del olivar que era antes, minoritario. Comienzan a construirse las grandes haciendas del olivar que salpican de blanco, las colinas de olivares en esta zona. “¡Olivares y olivares de loma en loma prendidos cual bordados alamares!”.
Las haciendas tradicionales del olivar están formadas por edificios de labor y viviendas que giran en torno a varios patios. Los patios dedicados al trabajo o el de los señores es el escenario en donde se desarrolla la vida.
La estancia más típica de estas haciendas es la almazara -palabra árabe que significa espacio para exprimir la aceituna-, en donde se disponen los trojes o depósitos de aceitunas, el alfarge con sus rulos para molerlas y la caldera de agua, además de la prensa con una enorme viga contrapesada por una torre maciza. En 1861 había en Marchena 35 molinos aceiteros. Hoy solo queda uno en la calle Niño Marchena.
De entre las antiguas haciendas destaca Vistalegre y Montemolín que además de ser herencia de esta época conserva una importantísima y destacable colección arqueológica y artística privada.
Tras cruzar el río Corbones por el paso de la Zarzuela, hacia el sur, encontramos el cerro del Capitán, desde donde se observa una amplia panorámica sobre el curso del Corbones. Más adelante se encuentra el lentisco -especie protegida- y el acebuche Liebres y perdices tienen bajo el acebuche su refugio, de donde salen a alimentarse por la mañana y a última hora de la tarde.
En Jarda, zona de gran vegetación autóctona, enriquecida en los últimos años por las reforestaciones. Sobresale el majestuoso chaparro o encina y los jazmines silvestres presentan unas pequeñas flores amarillas. También hay palmitos, romero y otras hierbas aromáticas, como lavanda, espliego, jara y tomillo plantados además de pequeños lirios silvestres.
Un poco más allá, cruzando la carretera de Lantejuela encontramos la imponente presencia del toro bravo que pasta en las llanuras de Los Ojuelos, estos animales son actualmente lidiados en importantes plazas de toros de nuestro país. Se trata de la ganadereía Pallarés, fundada en 1939 por el torero Antonio Fuentes. "¡Toros de Atlante fatuos y cerriles!", que menciona el poeta Fernando Villalón.
Volveremos hacia Marchena buscando el camino de San Ginés, -que llevaba a Osuna- pasando cerca de los cortijos de Vico y Montemolín, dos importantes enclaves arqueológicos. El cortijo La Atalaya, a 141 metros, nos avisa que estamas acercándonos a San Ginés con su antigua fuente y ermita.


Solos ante campos dormidos
Ruta de Montepalacio


"El pino es el mar y el cielo y la montaña: el planeta”, machadiano saludo a los restos de antiguos bosques de pinares que se ven en el camino de Morón con la sierra de Grazalema al fondo. De no ser por los conservacionistas del Taller Verde, no tendría la “Cañada Real de Morón” árboles que nos dieran sombra. Caminos y cañadas, vías pecuarias, antiguos caminos ganaderos en desuso hoy ocupados en parte por la agricultura.
El cortijo Vistalegre, nos trae su viejo rumor de molienda y voz de aceite solo interrumpida por los bandoleros. "Pernales" (Francisco Ríos, 1880-1907) dejó su marca de leyenda bandolera en forma de disparo en la antigua veleta del cortijo.
No es difícil ver aqui el cernícalo, pequeño halcón asociado desde el tiempo de los árabes con la cetrería, la abubilla, con su llamativa cresta rosada, o el colorido del abejaruco.
Giramos a la derecha y a 300 metros nos encontramos el descansadero de Los Pozuelos, una antigua zona de parada del ganado transhumante que conserva mucha vegetación gracias a las replantaciones.
Retomamos la Cañada Real de Morón entre chumberas. Terminadas éstas, debemos tomar a la derecha, abandonando el camino principal, para seguir paralelo al vallado de la finca Montecharcón. Poco después, la senda alcanza una de las zonas más bellas formando una galería boscosa: el "Pasillo Verde". Alcornoques, encinas, lentiscos, mirtos, coscojas.
De repente, una gran franja gris cruza las campiñas arenosas y rubias. La A-92 divide en dos la antigua dehesa. La cruzaremos por un túnel y ya entramos de lleno en el bosque. La dehesa, reino de la encina. "Siempre firme, siempre igual / impasible, casta y buena, ¡oh tú, robusta y serena / eterna encina rural”.
Campos como éste cubrían no hace mucho grandes extensiones, cuando la agricultura no era aún opuesta a la tierra. Hay que rodear el alcornocal de Montecharcón, que se sitúa siempre a la derecha de nuestra marcha, hasta llegar a la carretera Marchena-Morón, cruzarla de frente para entrar en la finca La Mocheta, por un camino público. En adelante se extienden casi tres kilómetros de uno de los últimos bosques naturales existente en la campiña.
Estamos ya en el corazón del bosque, donde según las antiguas creencias habitaban los dioses de la tierra. Entre la fronda de la vegetación asoma la torre del antiguo palacete de Montepalacio, visitado por Felipe V en 1730.
El astuto y rápido zorro pasa como una sombra en busca de ratones, topillos y conejos. Bajo las encinas, los tejones con su pelaje de rayas negras y blancas, excavan sus galerías nocturnas buscando el calor de la tierra. La belleza felina parda y moteada de la gineta se deja ver bajo la luz de la luna, tras sus presas.
El atardecer tiñe de rojo las tierras y estamos solos, ante campos dormidos. Suavemente la tarde se adormece.